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Rutas en dos Ruedas

 

 

27 de diciembre de 2004 - 17 de febrero de 2005

Décimo viaje a la Patagonia

La vuelta: todavía faltaba lo mejor...

Por: Verónica, de Rutas en dos Ruedas

 

Salimos de Ushuaia un lunes a las 10:30 de la mañana, desayunamos

en la panadería

La Unión, de Tolhuin y tardamos todo el día para recorrer el ripio,

pasar por Río Grande y por San Sebastián.

 Llegamos al cruce de la balsa justo cuando se iba una de ellas,

así que esperamos una hora

hasta la próxima, mientras leíamos carteles y

juntábamos raros caracolitos en la playa chilena del Estrecho de Magallanes.

 

Ella, la Jawa, portaba orgullosa la bandera argentina,

que flameaba en tierras extrañas.

 

 

La Jawa en Chile

 

Un cartel desagradable, recuerdo de otras épocas...

 

 

La balsa Pionero, que  vende panchos a tres pesos y acepta moneda argentina...

 

 

Desde la balsa Pionero, casualmente la misma que a la ida,

el cielo de las 21:40 hs. lucía así:

 

 

Una vista esplendorosa: caballos y guanacos salvajes a la vera del camino.

 

 

¿En dónde te despachan nafta con impecable camisa blanca y moñito?

En Las Horquetas, Santa Cruz, los pagos de la familia Bull Fueyo...

El mozo que atiende la confitería, también se ocupa del combustible.

 

 

Llegamos a El Calafate, una aldea muy cara, que aprovecha la maravilla del glaciar.

En el Parque Nacional Los Glaciares, la primera vista del Perito Moreno es ésta

y te deja pasmado...

 

El Glaciar Perito Moreno

 

Hay quienes dicen que la superficie del Glaciar

es como el merengue del lemon pie, pero celeste.

¡Probá un poquito!

 

glaciar Perito Moreno

 

Estuvimos cinco horas sin poder movernos de adelante del glaciar.

Sus 60 mts. de altura sobre el Lago Argentino

son imponentes y la vista no se cansa de mirar.

Aquí ven uno de los desprendimientos, cuyo estruendo suscitó los aplausos

y gritos de los cientos de turistas, la mayoría extranjeros.

 

Rompimiento del glaciar Perito Moreno, Santa Cruz

 

Los trozos de hielo desprendidos son como alas azules y turquesas

a la deriva por el lago, que adopta distintos tonos de celestes.

 

En moto al glaciar Perito Moreno

 

 

Saliendo de El Calafate, por la "mítica" ruta 40, bordeamos el lago y allá, a lo lejos, adivinamos el contorno del cerro Chaltén o Fitz Roy.

La idea original era subir hacia el Norte patagónico por la Ruta Nacional 40,

que están asfaltando por tramos,

pero al llegar a Tres Lagos (donde no se ve ningún lago),

después de haber padecido

los 165 km. de malísimo ripio desde El Calafate, nos sentamos en el bar

de la Estación de Servicio

a descargar la impotencia y el cansancio almorzando unos sandwichs.

Habíamos decidido cambiar

de camino, cuando aparecieron Nanda y Jone,

tan destruidos como nosotros.

Así es que tomamos la ruta 288 hasta Comandante Piedra Buena,

(también de ripio, pero en mejor estado

 por ser poco transitada),  a donde llegamos pasada la medianoche.

Acampamos en la Isla Pavón, donde supo tener su casa el Comandante.

La ciudad, muy limpia y prolija,  es la Capital Nacional del Teatro y

llaman la atención las esculturas iluminadas en las esquinas del boulevard principal.

A la mañana siguiente, mientras desayunábamos en la YPF,

se nos acercó una pareja a preguntarnos

si éramos de la Zona Sur. "Sí, somos de Banfield"...

El muchacho tenía un lavadero de autos

cerca de casa y nos había visto cara conocida... Qué loco... Esos son los

encuentros increíbles de los viajes: te cruzás con alguien a quien no conocés,

aunque sí, a 2500 kilómetros de tu casa!

De allí pasamos por Caleta Olivia, Rada Tilly, Comodoro y tomamos la ruta nac. 26 que pasa por Sarmiento, hacia Esquel. Lo más llamativo de este camino es la

gran cantidad de pozos de petróleo en actividad, pero Sarmiento

no nos ha gustado mucho.

Llegamos a Gobernador Costa justito con la nafta

(había mucho viento para atravesar esos 260 km.),

de allí a Tecka y ya el camino nos resultaba conocido...

Estuvimos en Esquel

sólo una noche y partimos hacia Bariloche, donde nos quedamos tres días.

En Bariloche volvimos a disfrutar de un encuentro casual con Nanda y Jone,

a quienes llevamos a recorrer el tradicional Circuito Chico,

por el Parque Municipal Llao-llao.

 

 

Una postal de San Carlos de Bariloche y el Nahuel Huapi

 

 

En Punto Panorámico, donde se imponen

el Hotel Llao-Llao, el lago Moreno y el Nahuel Huapi, nos despedimos de " nossos novos amigos" regalándoles una botella de vino de montaña...

 

 

No era nuestro primer viaje a la Patagonia.

Tampoco era nuestro primer viaje en moto.

Sin embargo, no era uno más.

Llegar a las tierras más australes, allí donde termina el mundo,

representaba un desafío digno de almas aventureras y voluntades firmes.
Cada fragmento del itinerario estaba planificado con antelación,

como si fueran los capítulos de un libro de historias soñadas

a la espera de la pluma que las convirtiera en realidad.

Seis largos días de viaje habrían de llevarnos hasta la Tierra del Fuego,

que de tan lejana nos parecía imposible.
La moto, de nombre “Ella”, salió de casa con ochenta mil kilómetros

cumplidos y en su periplo devoró 9524 kilómetros inolvidables.

Inolvidables por las huellas que dejaron.

En la moto, una fidelísima Jawa 350, la suspensión delantera destruida

 y la cubierta trasera inservible.

En nuestras almas, la emoción inenarrable de lo vivido.

En nuestros espíritus, el afecto de gente entrañable y desinteresada

que conocimos tan lejos de casa, y que infundió el ánimo

necesario para continuar.

En nuestros ojos, una inefable sensación de estar en lugares

y de presenciar acontecimientos que no pueden ser más que de origen divino,

creas o no creas…
Si tuviera que musicalizar los momentos, indudablemente

Jim Morrison y temas de las películas “Thelma y Louise”

y “Caballos Salvajes” nos acompañarían en las despojadas rutas sureñas.

Allí donde la felicidad de andar y andar en moto, rodeados de horizonte,

torcidos por el viento, bajo la lluvia fresca, soportando el frío

o ignorando el calor, no tiene par.

El “Allegro Assai” de la Sinfonía Nº 9 de Beethoven,

popularmente conocido como “Himno a la Alegría”,

acompañaría la magnificencia del Glaciar Perito Moreno.

Algo de Sui Generis, claro, se oiría en las jornadas de camping.

Y una linda milonguita arrabalera flotaría en el aire al girar

la llave en la cerradura y entrar a casa.
Nada fue previsible. Todo fue mejor de lo esperado.

Nos sorprendimos con el viento indómito de Santa Cruz;

con los carteles de “campo minado” en la Tierra del Fuego chilena;

con los guanacos, choiques, zorros, mulitas, flamencos, maras,

conejos y zorrinos que avistamos a cada paso;

con el intransitable estado de las rutas de ripio argentinas;

con la perfecta armonía de los elementos de la naturaleza en Ushuaia;

con la magia de los rompimientos del Perito Moreno,

el glaciar que lleva un dignísimo nombre,

cuyos trozos de hielo perforan la quietud del Lago Argentino

produciendo un sonido que eriza la piel; con las “cigüeñas”

que extraen petróleo en Comodoro y en Caleta Olivia;

con los molinos gigantescos de energía eólica; con los elevados precios…

En fin. Todo se presentó en grado superlativo y de esa forma

quedará en nuestra memoria.

Como si fuéramos gladiadores a quienes los dioses les pusieron pruebas,

a fin de que su odisea fuera más victoriosa...

Porque cuanto más complicada la contienda, más glorioso el triunfo.
No podremos olvidar esa mañana en que el implacable viento austral

nos arrojó a la banquina con moto y todo y debimos esperar en Río Gallegos

un día más para seguir. No podremos olvidar los encuentros casuales que vivimos,

o los amigos que conocimos personalmente sin preverlo, después de meses de intercambio de mensajes electrónicos, o los nuevos amigos que hicimos

¡con quienes compartimos tantas charlas!

Tampoco olvidaremos el color del mar, el sol atardecido en la ruta,

la luna plateada en el cielo azul,

y… aquel ranchito con la bandera de River flameando en el campo

y… las montañas

y… ¡el cruce en balsa por el Estrecho de Magallanes,

aquel que parecía sólo un dibujo en el mapa en la escuela primaria!
No olvidaremos nada.

Ni aquel día que recorrimos varios kilómetros ripiosos

de más buscando el bidón de nafta que llevábamos “por las dudas”

y luego nos dimos cuenta de que colgaba al costado del portaequipaje de la moto.

Ni el ripio de la Ruta 40.

Ni la vieja Trochita regresando

orgullosamente joven de El Maitén…
Y así, con el alma exultante por haber cumplido su sueño,

regresamos a casa.

A medida que recorríamos los 1600 kilómetros desde Bariloche a Banfield,

en dos días, pergeñábamos una nueva utopía: recorrer con nuestra moto todas las provincias argentinas.

Ya llevamos 11 y faltan…
La pila de libros sobre el escritorio nos vuelve a la realidad diciéndonos

que nos espera un año intenso de trabajo.
Ahora sí, ¡llegamos!

 Imaginen la deliciosa milonguita y la llave en la puerta de casa.

Que siempre es un buen lugar a donde llegar…

 

 

Gracias por sus charlas y los momentos compartidos a:

Tulio y Liliana, de Viedma

Mary y Julio (en Jawa), de Lanús

Nancy Fernández y familia, de Ushuaia

Cristian y Wanda (en Jawa), de Lamarque

Fernanda y Jone (en Honda Falcon), de Brasil

Esteban (en bici), de Lanús

Marisa (en BMW), de Suiza

Oscar y Sonia, de Ushuaia

Julio, de La Tribu (en Suzuki), de Neuquén

Hernán y Vanina (en Yamaha), de Capital

El "viejo" de la BMW, de Nueva Zelanda

Los chicos de Holanda y de Alemania, (en Honda y BMW)

Isabel, de Las Grutas

Mario, de Las Grutas

La pareja de "Locos por los autos", de Temperley

Sebastián y Evangelina, de Bahía Blanca

Roberto, de Longchamps

Los chicos de Wind Riders, de Bariloche

Chimi, de Bariloche

El  ex corredor de motos, de Buenos Aires

Mariela y Gabriel (en Transalp), de Buenos Aires

Pedro y Claudia (en Honda Falcon), de San Martín

El muchacho de Allen, que siempre nos visita en Las Grutas

Adrián Barilari, de Rata Blanca, que nos firmó un autógrafo

Los ex combatientes de Malvinas (en Gilera), de Chascomús

Dr. Gregory Frazier (en Goldwing), de Estados Unidos

 

Con todos ellos nos cruzamos en algún punto del camino y

disfrutamos de momentos inolvidables.

Con algunos cenamos o almorzamos, con otros charlamos en algún camping,

con otros nos encontramos

 en alguna estación de servicio y hablamos en una mezcla de spanglish

y señas muy graciosa...

Si se encuentran en estas páginas, escríbannos.

¡Fueron parte de nuestro sueño, no los olvidaremos!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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